viernes, 25 de diciembre de 2009

¿COMO Y A QUIÉN VAMOS A CREER?
(J. Gabriel de Mariscal) (DEIA, 13.09.09, p. 5)
Van ya varias violaciones cometidas por menores respecto de niñas también menores. El cotarro se alborota. Y con razón. Pero quiere tomar medidas en medio del alboroto. Y en eso no tiene razón. El tema es para iniciar una reflexión seria sobre nuestra sociedad, sus características, sus valores, sus aspiraciones. Aquí sólo voy a hablar del llamado fracaso escolar y de la responsabilidad de la familia.
Pretender una rebaja de la edad penal me parece una broma, por no decir una demencia. ¿Hasta dónde vamos a rebajarla? ¿Con qué criterios? ¿Dónde está el límite? ¿Se piensa en la repercusión social de encarcelar a menores? Es preciso hacer algo más serio: otear las características de nuestra sociedad, bucear en sus sentinas, hurgar en sus desarreglos. Sin prejuicios ideológicos en lo posible; eligiendo personas competentes de todas las tendencias y convicciones, y no con comisiones integradas sólo por las que coinciden con nuestros proyectos científicos o políticos, por las que nos gustan, como suele suceder. Intento contribuír a esa tarea, pero ahora sólo me referiré a la necesidad de examinar y debatir dos cuestiones fundamentales: la mala organización de la enseñanza disfrazada bajo el tópico del fracaso escolar, y la mala educación cuya fuente principal es la familia o los grupos familiares.
He oído hablar del fracaso escolar, tópico muy en boga, como parte de la explicación de estos fenómenos delictivos, pero, a mi entender, con escaso fundamento. ¿Qué es el fracaso escolar? En mi tiempo, -¡y ya ha llovido¡ hablo de los primeros cuarenta- de una clase de 40 ó 45 alumnos, aprobábamos todo en junio 10, 12, 15, esto es, entre el 25% y el 33 %. Nadie hablaba de fracaso escolar. ¿Por qué? Por algo muy simple: todo el mundo, padres y alumnos, sabíamos que no todos habíamos nacido, no ya para ser Einstein o Premios Nobel, sino ni siquiera para ir a la universidad. Hoy todo el mundo cree que puede ir a la universidad y, a partir de este error sustancial, todo se descompone.
Para ir a la universidad se requieren sólo dos condiciones; pero ambas son indispensables. La primera es tener suficiente inteligencia. No es condición muy exigente: la mayoría la tenemos y, cuando no estamos en la cúspide, podemos suplir la deficiencia con algo que hoy no tiene muy buena prensa entre la población: con el esfuerzo. La segunda condición es básica: querer utilizar la inteligencia durante un tiempo bastante largo para aprender, es decir, tener interés precisamente por aprender; no por tener un título. Por el contrario, contra lo que algunos creen, o dicen demagógicamente, hoy no hace falta tener mucho dinero para acceder a la universidad.
Pero con dinero o sin él, aprender es, en general, tarea dura; y el aprendizaje intelectual, durísima ocupación, entre otros motivos, por carecer de rentabilidad económica inmediata. Quien carece de “afición”, de afición a saber, a aprender, y va a la universidad, por otros motivos, se equivoca de medio a medio. El nivel social, el ganar más o menos, el encontrar trabajo son cuestiones ajenas al mero título universitario. Dependen de que el sujeto esté haciendo algo que le apasiona, y dedique a ello todo el tiempo posible, con sudor, pero con gusto y satisfacción. Es como uno triunfa en una profesión o, en general, en la vida.
Por otra parte, sin despreciar el trabajo puramente intelectual, hay quien tiene cualidades manuales preciosas. ¿Por qué tenemos tan desprestigiada una enseñanza que, como la profesional, es lo que, si no se nos comiera el coco con fantasías de supuesta alta intelectualidad, desarrollaría las cualidades y aficiones innatas de mucha gente? Personas que, sin dejar de tener el nivel intelectual normal, y, a veces, mucho más que normal, se mueven cual pez en el agua en un terreno donde otros muchos somos patos desgarbados. Para ello no hace falta, ni se debe, renunciar a una cultura amplia.
Y así llegamos a la escuela. La escuela es una obligación del gobierno, de los padres y de todos los ciudadanos. Pero tiene que estar bien concebida, mejor organizada, y especialmente apoyada y respetada desde la sociedad. Debe estar prevista para quien pueda y quiera acceder a la universidad, pero no necesariamente como preparación a la universidad, sino en lo fundamental como dispensadora de cultura. Y de cultura amplia. La cultura sola no es suficiente, pero es elemento imprescindible para convertir al ser humano en ciudadano, le permite gozar de todo lo que la vida nos ofrece, entender a sus coetáneos y comprender su presente. Es, por ello, condición para hacer digna y fecunda la vida. Hoy se habla del ocio, pero mucha gente no hace más que calentarse la cabeza y cansar el cuerpo yendo de aquí para allá, en vez de aplicarse a informarse, a aprender y a desarrollar sus propias cualidades que es lo realmente divertido.
Con una escuela así orientada, con ideas claras sobre el trabajo manual y el trabajo intelectual, creo que no volveríamos a hablar de fracaso escolar y que gran número de nuestros jóvenes tendrían unas ilusiones y unos intereses muy diferentes de los que ahora parecen encandilar a demasiados de ellos. Pero ¿cuándo en nuestra política se ha planteado esta cuestión con la serenidad y hondura que se merece? ¿con competencia?
Otro punto que se ha aireado a la vista de los desmanes de menores es la familia. La escuela no es la fuente primaria, ni siquiera verdaderamente importante, de la educación. La escuela puede enseñar, pero, como educadora, tiene poco que hacer, si la familia no funciona. Yo no voy a entrar, como algunos grupos sociales y algunos políticos, en discusiones bizantinas sobre si hay un modelo o multitud de modelos de familia. Lo que sí digo es que donde hay padres e hijos de cualquier figura y origen, los progenitores, o los que están al frente del grupo, tienen grave responsabilidad de educar a los vástagos más jóvenes. Para mí es claro que la educación de los hijos es la educación de los padres. Lo demás es ganas de engañarse.
Pues bien, la educación es también una tarea ardua. Exige gran esfuerzo y dedicación. Es, como he oído a un psiquiatra competente, luchar contra la entropía, luchar contra el desorden. Es lucha y creo, por ello, que algo especialmente difícil para nuestra sociedad que es de una permisividad suicida. Una sociedad permisiva tiende a ser no sólo una sociedad en declive, sino una estructura perversa que fomenta, facilita y favorece el delito. Porque para vivir con dignidad hace falta empeño: hay que decidir, hay que elegir, hay que arriesgar. Si al sujeto humano no se le descubren sus capacidades y sus posibilidades de elección, si se le deja al impulso bruto de sus quereres e inclinaciones, a merced de la entropía, del desorden, como una hoja al viento, pueden suceder –y suceden- toda clase de atrocidades. Parece que muchos padres o regidores de los grupos familiares han hecho dejación, si no total, al menos excesiva, de tan importante responsabilidad. ¿Les preocupan, y, sobre todo, “les ocupan de verdad”, a nuestros gobiernos y a las oposiciones políticas estos problemas básicos, carentes quizá de relumbrón y, por ello, de gancho electoralista en nuestra estúpida sociedad?
Éstos y otros muchos temas necesitan en la sociedad que nos ha tocado vivir, una revisión urgente y a fondo realizada por expertos. Entre otros, los espectáculos (léase los llamados deportes), la información, la acción de grupos variados, a veces positiva, pero otras veces caótica. Estos problemas habrían de ocupar, creo yo, a gobiernos y parlamentos, que, en manos de tirios y troyanos, andan perdiendo el tiempo en dimes y diretes de poco pelo. El ciudadano tiene necesidad y derecho de poder creer en algo y en alguien; pero, a la luz de lo que vemos, ¿cómo y en quién vamos a creer? ¿A quién podemos votar con garantía mínima? Algunos creemos en lo único creíble: en Dios. Pero ¡qué lástima! Dios mismo no se presenta a las elecciones.
Nota.- Remitido al periódico hacia el 7 de agosto de 2009

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