FRENTISMO, TRANSVERSALIDAD, CIERRE DE LA TRANSICIÓN
(J. Gabriel de Mariscal) (DEIA, 17.05.09, p. 5)
Para no incurrir en errores de interpretación, empiezo intentando aclarar seguidamente lo que entiendo por nacionalismo. Toda persona forma parte de una comunidad determinada y tiene conciencia de pertenecer a ella. Dado que el individuo humano no llegaría a ser nada sin socialización, es claro que debe parte importantísima de lo que es, a su filiación comunitaria. Lo que Montesquieu llama “virtud”, requisito ineludible de la democracia, es la solidaridad, el compromiso con esa comunidad. Eso que algunos llaman “patriotismo”, término que a mí me parece deformar la naturaleza del vínculo. Éste no tiene por objeto la “terra patrum”, sino la “communitas hominum similium”. No es evidentemente un vínculo con la “tierra”, por muy de los padres que sea ésta, sino un deber de servicio, entrega y compromiso con la comunidad humana de la que se siente parte y con la que se identifica. Actitud, y conducta consiguiente, propias de lo que llamamos ciudadano, totalmente ajenas a una sumisión servil y a la anteposición totalitaria de lo colectivo sobre el valor y la dignidad de la persona individual. El fin fundamental de toda comunidad humana son sus miembros. En principio tengo que pensar que las personas no son desagradecidas, malnacidas, sino que agradecen lo que de su comunidad han recibido y se sienten obligadas a devolver lo que esté en sus manos. Creo, por ello, que todos, o cuando menos la inmensa mayoría, somos “nacionalistas”. Y creo también que “etiquetas” como constitucionalismo o legalidad, cuando se usan para intentar distinguirse del nacionalismo de cualquier signo, son disfraces que encubren un embuste; un engaño a sí mismo y a los demás. Lo mismo, en otro sentido, sucede con la identificación del nacionalismo con fanatismos o forofismos de cualquier laya: en este caso se trata pura y simplemente de apoyarse en excesos, que sin duda existen, para descalificar algo que todos llevamos en lo más hondo de nuestro espíritu. Por ello, esta técnica equivale a ver la paja en el ojo ajeno, cuando el propio tiene una viga cegadora. Si no se lo cree el lector, vea lo que está ocurriendo en los espectáculos llamados deportivos, campo hoy de estulta exaltación de las más bajas pasiones de la persona
Hecha la aclaración precedente pasemos a otro punto. Es conocido el siguiente chascarrillo del predicador de campanillas. Después de un sermón supuestamente brillante, entra una señora en la sacristía y pregunta por el predicador. Complaciente el sacristán, la dirige hacia el orador. Movido por la modestia, el interpelado quita importancia al entusiasmo de la señora. Pero insiste ésta y termina por picar la vanidad de su interlocutor que le pregunta: Y ¿qué es, señora, lo que tanto le ha gustado de mi sermón? ¡Ay, padre! –dice sin vacilar la señora- Me ha llegado al alma cómo decía Vd. aquello de ¡Nabucodonosor, Nabucodonosor! Entre lo que una persona dice, escribe o representa, y el destinatario, se interponen, cuando menos, el lenguaje, la imagen y la psicología del interlocutor. De aquí que las interpretaciones del mensaje pueden extenderse a horizontes insospechados. Y esto obliga a quien se dirige al público, a ser especialmente diáfano, en todo cuanto le sea posible. No pocos de nuestros políticos dan la impresión de que consideran el lenguaje como mero medio de manipulación. Mal empleado lo es y, a veces, aunque se emplee bien. No estaría de más que reflexionaran, a la vista de esta historieta o de otras análogas, sobre la particular manera de entender el auditorio sus mensajes. Tal vez así ajustarían mejor sus manifestaciones a lo que el oyente considera realidad, en vez de dejarle pensando en una exaltación vacía de cualquier Nabucodonosor de turno. Unas veces las ligerezas verbales, tan habituales en la política al uso, pueden volverse en forma inesperada y con inesperada virulencia contra el imprudente vocero. Otras pueden herir sensibilidades o causar alarma sin la menor necesidad. ¡Prudencia, señores, y una brizna siquiera de buena fe!
Hemos vivido ocho años de contínuo esfuerzo de los nacionalistas españoles, sean del PSOE, sean del PP, y de la mayoría de los medios –afines a ellos naturalmente - por desprestigiar a Ibarretxe. Con todo, no lo han conseguido. Ser superado el PSE-PSOE por votos del orden de ochenta mil y el PP por un número mucho mayor algo significa. Todavía un día de éstos he oído a un tertuliano interpretar, según costumbre, como una supuesta vía hacia el independentismo, el esfuerzo del anterior Lehendakari por integrar a Euskadi en el Estado de la forma menos traumática posible. De llorar. Ahora nos quieren calentar la cabeza con “la mano tendida”, la transversalidad y la superación del frentismo. Es, sin duda, un buen programa. Pero veamos.
Por lo pronto, no deberían hablar de transversalidad, de superar el frentismo, de “mano tendida”. Palabras vacuas, hueras. Mera verborrea de entre la copiosa y ridícula palabrería de estos días. Aquí y en Madrid. ¿Qué garantía de realidad ofrece lo vivido hasta ahora?. Es cuestión de confianza y ésta es planta muy frágil: la confianza “no se pide”; se gana minuto a minuto, día a día, y se pierde en un instante. No es fácil de lograr. Menos aún, cuando los datos le son adversos: ¿cómo va a haber transversalidad, cómo se va a superar el frentismo, cuando el pacto PSOE-PSE/PP es, en sí mismo, un frente manifiesto? ¿cómo va a ser verdad la mano tendida con un psoe-PSE atornillado en un PP que va haciendo gala de la más crasa e indecente intolerancia por todo el Estado a lo largo de una serie de años? Tampoco es un grano de anís la destitución fulminante de un Letrado mayor del Parlamento, tan profesional y poco destacado, políticamente hablando, como Eduardo Mancisidor. El resultado razonablemente previsible de todo ello, no es la ejecución de ningún programa de superación del frentismo, ni de transversalidad. Practiquen, pues, si les es posible, el contenido de esas palabras primero, y verá, después, la ciudadanía hasta dónde le convencen los adalides de tal programa.
Ahondando en el tema, al más corto del país le ocurre la pregunta: ¿por qué no se tomó la mano tendida previamente por Ibarretxe al PSOE-PSE? Me decía un amigo que esa pregunta no se ajustaba a la verdad; que era una cortina de humo; que PNV y PSOE-PSE habían estado pactando los presupuestos durante una serie de años. Esto es, sin duda, cierto. Pero el verdadero problema de Euskadi no son, en mi sentir, los presupuestos. En ese campo puede haber diferencias de partidas; meras discrepancias de programa y económicas, de superación relativamente fácil por muy importantes que puedan ser. El problema de Euskadi es algo muy simple y muy claro, pero ajeno a ese tema. Es de respeto a una identidad propia dentro del Estado y a las distintas sensibilidades identitarias existentes en Euskadi. Sin un acuerdo de todas las partes implicadas sobre identidad, hablar del “cierre de la transición democrática” es, a lo sumo, una broma de mal gusto, una exhibición de prepotencia. Todos los demás acuerdos son importantes, pero manifiestamente insuficientes. Y nótese que digo “acuerdo”, esto es, un esfuerzo de ceder por parte de TODOS, ya que las posiciones no son, ni de lejos, idénticas y, si se quiere conseguir un resultado positivo, es imprescindible converger. En este punto mi impresión es que, desde hace, cuando menos, ocho años, el PSOE-PSE no ha querido ni oír hablar de la cuestión. Más aún, que los esfuerzos de Ibarretxe en ese terreno sólo han servido para darles combustible, a ellos y al PP, en su tarea de descalificarle abierta o insidiosamente. Y como no basta que la mujer del césar sea honesta, sino que, además, ha de parecerlo, la credibilidad del PSOE-PSE en este momento está bajo mínimos para una gran parte de la ciudadanía de Euskadi. Y, por favor, ya está bien de ir de víctimas en política: no se enseña en castellano, se impone el vascuence, los padres no pueden elegir y otras afirmaciones semejantes. Cuando se tiene tras sí el apoyo de toda la máquina del Estado y una población de un montón de millones de personas de cultura latino-arábigo-española frente a unos escuálidos centenares de vascoparlantes, tales exclamaciones son o bien resultado de un mimetismo ambiental, o bien una hipocresía, o bien un ejercicio de prepotencia e intolerancia inadmisibles en términos democráticos. ¡Bien quisiera yo que el nacionalismo vasco sensato tuviera el mismo pedestal de sustentación!
Bilbao, a 11 de mayo de 2009
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