CONSTITUCIÓN ANTEPENÚLTIMA
(J. Gabriel de Mariscal) (DEIA, 5.02.09, p. 29)
La Constitución de 1978 es, sin duda, un buen texto jurídico en conjunto. Hasta en la organización territorial del Estado supuso un avance; pero un avance antepenúltimo.
En el Estado español hay un problema territorial pendiente. Y, a juzgar por lo que vamos viviendo, tardará mucho tiempo en encaminarse a una solución satisfactoria para todos.
El periódico ABC comunica que para el Sr. Rajoy con la Constitución “somos libres, somos iguales, somos una nación”. Mal principio, porque encierra notables errores. España, o el Estado así llamado, no es “una nación”; es un conjunto de naciones. Dado que el Sr. Rajoy y sus parroquianos siguen en la convicción de la “una, grande y libre” y no reconocen la plurinacionalidad estatal, tampoco somos iguales: son iguales los nacionalistas españoles; la identidad de los demás se ignora sin más, pensando ilusoriamente que el problema desaparece negándolo. Tampoco es igual la libertad de los nacionalistas españoles, que la de los demás: ellos tienen satisfechos sus sentimientos; los demás nos sentimos heridos en nuestra sensibilidad política, en nuestra realidad nacional.
El Sr. Rajoy y sus correligionarios tienen una idea del Estado que, como manifiestamente errónea, es en verdad desestabilizadora y no va a aportar nada a la verdadera solución: deja en el olvido más ignominioso a un buen puñado de ciudadanos que tienen el mismo derecho que los partidarios del Sr. Rajoy a ser reconocidos, si queremos realmente ser todos libres, iguales y formar un Estado magnífico, en vez de una comunidad desgarrada por la desigualdad. Un Estado que sea una “madre” y no que, como decía Unamuno, resulte madrastra para algunos.
Acusa el Sr. Rajoy al PSOE de desestabilizar el Estado, porque, según él, el PSOE ha desenterrado la nostalgia del Estado federal. Yo no sé si realmente el PSOE tiene una idea federal del Estado, o si sus veleidades federales son para aparecer disfrazado de ser algo más descentralizador. En todo caso, la idea federal puede ser un segundo avance de la solución territorial, la solución penúltima, y no se vé cómo puede desestabilizar nada este supuesto federalismo de los socialistas.
A la vista de los desastres que las guerras han traído a Europa, el conde Coudenhove-Kalergi fundó con el archiduque Otto von Habsburg en 1922 la Unión Pan-Europea, tenida por el primer movimiento pro unidad de los pueblos de Europa. Treinta y cinco años después, el 25 de marzo de 1957, se firmaban en Roma los Tratados de la CEE y de la Comunidad de la Energía Atómica. Pues bien, al estilo de la visión de la Europa real de Coudenhove-Kalergi, un portugués y tres exiliados de la Guerra Civil española -el portugués Armando Cortesão, el republicano Luis Araquistáin, el vasco Manuel de Irujo y el catalán Carlos Pi Sunyer- imaginaron a fines de 1944 en Londres una solución ajustada, en mi opinión, a la realidad peninsular, la llamada Comunidad Ibérica de Naciones, alejada de todo extremismo centralista o secesionista. Aparte de los consabidos tiquis-miquis suscitados por las denominaciones del proyecto, éste se hundió, porque, según manifestación increíble del Sr. Araquistain, Irujo y sus vascones “se sienten separatistas doctrinarios”; quieren enriquecer a España y asi disponer de un mercado precioso para sus productos. Naturalmente esto es, a mi entender, un mero pretexto. La realidad de fondo más verosímil es que Araquistain representaba el espíritu de muchos ciudadanos del Estado español incapacitados secularmente para captar la realidad política peninsular, como les ocurre hoy al Sr. Rajoy, a sus correligionarios y creo yo que a buen número de los miembros del PSOE pese a sus fervores federalistas: etiquetan de separatista arbitrariamente todo proyecto que no sea suyo, porque saben que eso lo deja descalificado automáticamente a ojos de sus ciudadanos.
Siguiendo la línea de la Comunidad Ibérica de Naciones, el proyecto de Estatuto aprobado el 30.12.04 por el Parlamento vasco debería asumirse como un espléndido documento de trabajo –no necesariamente el único- en la vía de la solución última y definitiva del problema territorial. Se iniciaría así un proceso pedagógico encaminado a convencer al resto de la ciudadanía del Estado de que la “una, grande y libre” no es más que un mal sueño. Entre tanto, será preciso aceptar el avance que supone la solución penúltima, el Estado federal, si es que el PSOE piensa realmente en ella sin trampas.
Por otra parte, los nacionalismos periféricos deben centrarse también en su respectiva realidad: somos comunidades heterogéneas, plurales, y todos tenemos el mismo derecho a que en ellas se nos respete. No valen proyectos excluyentes, porque incurren en el mismo defecto del centralismo español: ser integristas e inquisitoriales, y, por ello, próximos al fascismo.
Bilbao, a 7 de diciembre de 2008
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