(J. Gabriel de Mariscal) (DEIA, 01.05.09, p. 5)
En la empresa privada el cambio de altos ejecutivos, Gerentes o Directores Generales, suele ir acompañado por una actitud de los candidatos al puesto que, a mí, siempre me ha parecido una villanía. Todo lo del anterior eran desaciertos, incompetencias, perjuicio para la empresa y un largo etcétera negativo. Nunca he tenido poder suficiente en ninguna empresa como para impedir que candidatos de este pelaje accedan al puesto. Siempre he pensado y comentado, sin embargo, que jamás serían elegidos con mi voto y que, si hubieren sido contratados antes de llegar yo, prescindiría inmediatamente de ellos. Lo que está pasando después de las últimas elecciones se parece bastante a esto
Me parece injusto, doloroso y rechazable que se pretenda ignorar o depreciar todo el esfuerzo realizado hasta aquí por el gobierno anterior durante treinta años. Más aún con manifestaciones peyorativas de una frivolidad escandalosa. Empezar por unas llamadas ‘Bases para el cambio democrático al servicio de la sociedad vasca’ resulta ofensivo para los gobiernos anteriores, aun admitiendo la vaciedad retórica habitual de las declaraciones políticas. Nos daremos con un canto en los dientes si el nuevo gobierno fuere tan democrático como los anteriores. Leer en esas Bases que se presenta ‘una oportunidad irrenunciable para defender las libertades, conseguir la paz, la igualdad, la convivencia, la tolerancia y el pluralismo político, desde una acción política basada en el diálogo, el encuentro, el acuerdo y el consenso’ no es sino una declaración genérica de propósitos que todo el mundo asume al dirigirse a la ciudadanía. En este caso, unos propósitos cuando menos chocantes, porque ha habido antes ocasión de practicar todo eso. Si no se ha practicado, es de presumir que la responsabilidad no afecte sólo a una de las partes. Finalmente esa declaración y otras de las mencionadas ‘Bases’ son negación y desprecio implícitos a toda la tarea del período anterior, y ello supone falsear la realidad. Oír hablar, por ejemplo, de la ‘regeneración democrática del País Vasco’ causa risa, más que indignación, pero no deja de ser ofensivo para una buena parte de la ciudadanía de Euskadi; no sólo para los nacionalistas. Comprobar los motivos de esa hilaridad es fácil: basta asomarse a territorios y comunidades vecinas e intentar hablar de política o de religión con muchos de sus ciudadanos para convencerse que sucede allí aproximadamente lo mismo que aquí; a veces hasta se tropieza con actitudes de incomprensión e intolerancia notablemente superiores a las nuestras. Todo lo expuesto, y otras cosas más, resulta especialmente penoso e injusto, porque con el esfuerzo de los gobiernos anteriores se consiguió superar los pésimos años de la década de 1980 y porque Euskadi es en este momento, gracias en buena parte a ese esfuerzo, una sociedad donde gran número de personas convivimos sin dificultad reseñable, a pesar de ideas y convicciones diferentes, y una comunidad comparativamente más próspera que otras muchas del resto del Estado. Y no es sólo por el Concierto. El dinero es necesario, pero sin una buena gestión, se malgasta.
También me parece penoso, injusto y particularmente impúdico, que en las susodichas ‘Bases’ se dirijan venablos envenenados contra EITB. En comparación con algunos otros medios públicos –y no digamos con algunos privados-, la línea editorial de EITB ha mantenido una objetividad notable, además de especialmente difícil por razones obvias. El reciente regalo de ETA es una prueba del alejamiento del Ente público respecto de todo lo que representan la banda y su entorno, mucho más convincente de todo lo que digan las ‘Bases’ de referencia. Afirmar otra cosa es simplemente mentir. He conocido directamente durante muchos años las dificultades profesionales del medio en este tema, y me constan por ciencia propia los esfuerzos realizados –no siempre con el éxito deseable- para evitar en lo posible la propaganda del terrorismo, en la que, comentando durante largos períodos de tiempo cada atentado de la banda o cada panfleto de sus folicularios, incurren con profusión la mayoría de otros medios. El PSOE y el PP hubieran intentado, a juzgar por la experiencia, hacer a su favor propaganda interminable de este bombazo, si a ellos les hubiera tocado el ‘donativo’. Y quisiéramos que la nueva gestión que se predica en las ‘Bases’ para el medio, goce de la misma objetividad de la que hasta la fecha ha gozado. Les auguro que algunas características conocidas de nuestro entramado social se lo van a poner especialmente difícil. Más de lo que suponen algunos. Quienes de los partidos que pretenden gobernar han formado parte del Consejo de Administración del Ente saben, o deberían saber, que evitar ciertos actos propagandísticos es prácticamente imposible, salvo que no se dé la noticia. Y no hablo de actos políticos, sino de actos deportivos: carreras a pié o en bicicleta, por ejemplo. Antes de opinar sobre resultados, esperemos la actuación de estos ‘caballeros de la regeneración democrática’ y, aun cuando la práctica de nuestra vida política no lo haga previsible, confiemos de buena fe en que demuestren que saben ganar.
Sin embargo, todo esta forma de producirse que, en mi opinión, es una villanía, no merece comentario, porque, de una u otra manera, suelen hacerlo todas las fuerzas políticas sin el menor rubor. Como dice Agustín de Hipona, es previsión divina que “toda actitud desordenada sea ya la pena misma de quien la adopta”. Si no merecen comentario, mucho menos queja, porque como también dice juiciosamente el Libro de Apolonio, ‘non se deuié el omne por pérdida quexar/ ca nunqa por su quexa lo puede recobrar’. Y habría que añadir: la ‘queja’ no va a servir para que entre en razón el maldiciente. Peor, pues, para los que dicen o cometen villanías. Lo único que merecen sus actos es simplemente desprecio e ignorarlos.
No estoy, por el contrario, de acuerdo con los lamentos y despropósitos proferidos en el PNV como comentario a una cuestión perfectamente democrática, aun cuando el resultado sea indudablemente doloroso para quienes lo padecemos. Un pacto como fórmula de acción política puede considerarse acertado o no, pero, en cuanto pacto, no merece nunca la tacha de ilegitimidad. Únicamente pueden ser ilegítimos contenidos delictivos o manifiestamente contrarios al interés general; no contenidos que no nos gustan o que no coinciden con nuestro proyecto de convivencia- En este caso el pacto ha desplazado al PNV del gobierno de Euskadi, a pesar de que sea el partido que ha ganado las elecciones. Y esto permite considerarlo como desacertado, pero no como ilegítimo. Frente a tal situación, cada cual puede expresarse a favor o negativamente, pero lamentarse no pasa de ser un desahogo inútil, como dice el Libro de Apolonio. Peor aún. Me parece una jeremíada, desfavorable para los intereses propios de quienes así se desmelenan. Por otra parte, el argumento de haber ganado las elecciones tiene una contestación fácil: se han ganado, pero evidentemente no en términos absolutos. No en proporción suficiente para enfrentar posibles pactos desfavorables. Hay, pues, que saber perder, aun habiendo ganado en términos relativos.
En mi opinión, lo que ahora se debe hacer en el PNV, no es, pues, lamentarse, ni empezar hablando de cerrar filas. Antes hay que reflexionar. Y no sólo los ejecutivos del partido, los burukides. La reflexión debe extenderse a todos los afiliados. Es necesario un debate a fondo, dejando al margen los naturales y respetabilísimos sentimientos de cada uno. ¿Lo hemos hecho todo bien? ¿Qué errores se han cometido? ¿Qué medidas se han de tomar? Y hay que hacerlo sin miedo y con respeto a todas las opiniones vigentes en el partido. Otra cosa sería incompatible con los procedimientos democráticos.. Una vez obtenidas las conclusiones del debate, es preciso aceptarlas. Esto es lo democrático y ése es el momento de cerrar filas. Si no lo hacemos así, peor para nosotros. Defendella y no enmendalla es muy español, pero, si fuéramos inteligentes, no deberíamos asumirlo, y menos practicarlo. Por lo demás, no debemos incurrir en la dinámica del resto del Estado, donde, cada vez que se plantea la imprescindible y, en definitiva, inevitable revisión constitucional de un texto bueno, pero ampliamente obsoleto por el transcurso de treinta largos años, se echan a temblar, meten la cabeza en el sobaco y se cierran a la banda.
Bilbao, a 17 de abril de 2009
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